domingo, 24 de enero de 2010

Bésame, B.

Alzó su cuerpo de la cama y tramitó unos pequeños pasos, vagos y perezosos, hacia el alfeizar de la ventana. Allí, justo a una altura menor de unos aproximadamente veinte centímetros, situado a la derecha de la única brecha que iluminaba la estancia y demostraba la existencia de la vida más allá de un hortera papel de pared, se encontraba una empolvada mesa en la que, entre folios desordenados y relojes de bolsillo suizos, se encontraba un buen vaso de whisky ya servido. Tomó, sin mirarlo, captando intuitivamente su posición, aquel contenedor de relajante droga y sorbió suavemente la sustancia agria que acostumbraba a desayunar cuando visitaba esa vieja habitación para comprender.
Porque él quería comprender, y no había nada más estimulante que pagar las veinte libras que costaba aquel destartalado y mohoso cuartucho donde años atrás nació para comprender, enlazar, conectar y complementar todas las piezas que ensamblaban su lenta y poco sorpresiva vida. De este modo podía llegar al origen, real, de todo lo que acontecía y aconteció, asegurándose, en momentos de turbación, que partía desde donde debía partir, desde tierra firme, hacía el resto de conclusiones inferibles. Esta intranquilidad, curada siempre con una larga noche de reflexión en el lugar del que hablamos, solía surgir escasas veces, quizá una o dos cada tantos meses, cuando algo no funcionaba como el buen entendimiento certifica que debe funcionar.
Miró por la ventana largo rato, aspirando el aire fresco y embelesándose con los andares de las paseantes que alimentaban la vida de una amplia y sucia calle de las afueras. Sí, sus aptitudes y capacidades, pese a haber sido superiores a las de su contrincante, no habían sido suficiente para vencerle. Él supo manejar las cuentas de la fábrica con una atención casi religiosa, demostrando una habilidad magistral para el cálculo, la previsión y la eficiencia frente a un secretario del director poco dado al pensamiento profundo, algo torpe en sus movimientos intelectuales y verdaderamente menos cualificado para obtener el puesto de subdirector. Pero aquello por fin, ya no era motivo de disturbio mental, pues poseía su lógica. Si bien sus hazañas laborales superaban por mucho a las de su compañero en la fábrica, estas habían resultado pasar en gran medida desapercibidas por un director ante cuya presencia apenas habría estado un par de veces, por contra, su desdeñado compañero, resultó, como secretario, la mano derecha del director, alabando, como no, todas sus acciones, incluidas sus torpezas y sus malas elecciones, para conseguirse paulatinamente su simpatía. Y no quitemos importancia a la torpeza y las elecciones desafortunadas, pues son las que han permitido el descenso del beneficio durante este año, y también, el enemigo contra el que este reflexivo contable tuvo que lidiar con empeño, acompañando su firma siempre los informes más desalentadores.
Sin embargo, ya todo aquello resultaba indiferente, la rabia y el sentimiento de injusticia eran ya ilegítimos. Si bien lo ocurrido puede considerarse injusto, es natural, casi inevitable, sucedió porque las condiciones que lo preludiaron así lo determinaron, y si él no supo apreciar tales condiciones para evitarlas, formó parte de las mismas, y es tan culpable como la inepcia del director.
Podría dormir tranquilo, todo seguía su curso, todo mantenía el sentido. Si acaso no hubiese sido lo aquí expuesto el motivo de su no elección como director quizá existiese otra circunstancia que así lo dispusiese. Probablemente una atracción homosexual del director por su secretario, tal vez debido a las posibles acciones turbias del mismo obligándole a ello, o quizá incluso se debiera a un contexto religioso, posibles visiones alucinógenas de la divinidad que ordenaban la elección del secretario. Que más da, lo más importante es que se debía a que un A enlazaba con un B, y eso, eso le relajaba.
Miró a un caminante, supo que portaba un paraguas porque era capaz de predecir, por el aspecto del cielo e incluso quizá por el tipo de viento que azuza las veletas, que llovería durante aquella mañana. Bebió de nuevo su whisky, consciente de que aquel sabor era producto inevitable de determinado numero de años de destilación. Observó el edificio de enfrente y vislumbró la semilla, la premisa, los materiales extraídos de las colonias para decorar las cornisas y los alfeizares, los trabajadores de baja extracción social trabajando, los planos de un arquitecto que supo embellecer una obra sencilla...
De pronto los muros del cuarto comenzaron a derretirse, sus manos se hincharon, su piel se tornó grisácea y sintió un enorme dolor en la pierna izquierda, obteniendo, curiosamente, un gran placer, como el que proporcionaría un excelente masaje, en la pierna derecha. Aquello le desasosegó, ¿que significaba? Las paredes eran ya casi un puré de papel cantarín. Supuso que sería una pesadilla, o quizá una alucinación provocada por la falta de sueño y el abuso del whisky, en cualquier caso, siempre pudo ser una castigo divino provocado por su ambición laboral, o por su exceso celo en conocer.
Súbitamente comprendió que se estaba muriendo, su vida se esparcía por el aire, como las hojas de los árboles en otoño. Debía ser la cena, estaría intoxicada, quizá estaba sufriendo un ataque al corazón, probablemente el castigo de Dios llegaba su fin. ¿Por qué Dios querría castigar a alguien como él si otros muchos cometieron mayores pecados? ¿Quizá como con el caso del secretario ascendido, no supo ver las condiciones?Aquello no podría carecer absolutamente de sentido, ciertamente, Dios debe ser como un enorme e inmisericorde dado. El absurdo reina, A.

lunes, 18 de enero de 2010

No es tan horrible

No se está tan mal, no es tan horrible. He de reconocer que al comienzo, una vez pisada la árida tierra negra que impera en este lugar, me sobrecogí. No comprendí en un primer momento aquella extraña situación, claro que, tampoco dudo que aquello debía ser mero formalismo. Supongo que hasta el más viril y despreocupado compañero hubiese sentido la misma sensación de incertidumbre y pavor, como un no estar. Es difícil definirlo, supongo que ustedes lo habrán intentado imaginar con poco éxito, se trata de una emoción peculiar, el vacío, la desesperanza en su sentido más corporal, respirar el nihilismo. Debe asemejarse bastante a aquello que se siente cuando uno experimenta un profundo sueño, de los que se obtiene una sensación muy viva, en los que, pese a la confusión de las formas y lo onírico de la narración, uno no dudaría de su carácter certero, no pudiendo entenderlo como un mero engaño de una razón cansada de someterse a las rígidas normas impuestas por las leyes de la sensibilidad. En tales sueños, cuando llega el cruel momento del despertar, uno duda de su posición, y no acaba de atinar, hasta pasados unos instantes, si el sueño comienza o finaliza. Para mayor pesar del sujeto que despierta, generalmente, tras haber sido imbuido en situaciones que proporcionaron una mágica satisfacción a sus más íntimos deseos, topa con una realidad nada grata que resquebraja en pedazos sus vanas ilusiones, e inevitablemente, siente cierta ira momentánea dirigida hacia su propia mente, por atreverse esta, sin su permiso, a jugar así con sus interioridades.
Creo que no es necesario explayarse más con vagos paralelismos y ejemplificaciones estériles, lo que venía diciendo, es que este tipo de movimientos se producen en el interior de uno cuando se haya por primera vez en este asombroso entorno, tales movimientos de placas tectónicas son con los que uno debe lidiar en sus adentros durante los primeros instantes, mientras concibe y asimila su nueva realidad. Hablo, por supuesto, de la llegada primera al Hades, al inframundo, a la urbe sacra de los muertos, y, no lo duden, me refiero a este destino ya como nuevo hogar y no como lugar de paso, tal como lo cuentan viejas leyendas en las que héroes de la talla de Odiseo u Orfeo vagaron por estas infértiles tierras manteniendo su vida bien resguardada bajo el manto de su piel.
Pero uno pronto se adapta, al fin y al cabo, pese a haber dejado de ser un cuerpo vivo y capaz, uno parece mantener ciertas características anteriores, y entre ellas, sin duda, destaca la de la adaptabilidad. Todo depende en muchas ocasiones de las perspectiva adoptada, es tópico fácil el de proveer consejo instando a un nuevo modo de mirar lo que rodea al aconsejado para que este pueda alejarse de miedos y melancolías, pero por tonto que sea o manoseado que esté, ello no resta energía a su veracidad. Cuando uno llega a tierra extraña, siento su alma todavía en aquellas lindes que atrás dejó, y añora los aromas de su vida pasada, sin embargo, tarde o temprano, a excepción quizá de caracteres muy concretos cuya compleja personalidad de pose novelesca impide la realización de lo que ahora mismo estoy considerando como generalmente inevitable, el sentimiento de pertenencia al nuevo hogar y su valoración positiva, se materializan.
Sentado yo en la trémula barca del ujier del infierno, Caronte, acongojado por su seco silencio y la inexistencia de un posible calor que aproximase su inequívoco camino a nociones homólogas a las que yo tengo del sentido de la vida, contemplaba el río de aguas verdosas y putrefactas cuyas exhalaciones anegaban mis encogidos órganos respiratorios. Aquel desolador paisaje aniñaría al más valeroso de los hombres, pues si quizá la muerte ya no era motivo de desesperación, el ácido dolor corporal aún podía mutilar cualquier tipo de tranquilidad, y, no me era desconocidos los relatos desalentadores de viejos personajes condenados eternamente a castigos de los que ya nunca podrían librarse, arrastrando con interminable cansancio duras rocas o siendo devorados por unos, literalmente, insaciables cuervos.
Sin embargo, ante semejante panorama, surcando el Aqueronte, siendo testigo del horror y la podredumbre de aquel lugar, empequeñecido por la inmensidad de las rocas que finiquitaban el espacio circudante en la altitud y la inmensidad de los horizontes que a través de aquellas aguas se divisaban, conseguí, del modo más nimio posible, empatizar con el callado y silencioso Caronte. El pobre, el incomprendido Caronte.
Su trabajo estigmatizó su leyenda, dotándole de un aura, me atrevo a decir, odiada por él mismo. Pavor y estremecimiento provocaba en los grandes coroneles, luchadores y marinos, todos temblaban ante su posible presencia, pues avistarlo, tan sólo una cosa podía significar. Pero el desdichado Caronte no es más que un mero peón, él, férreo y recto como el hombre jamás podrá serlo, cumple el papel al que fue arrojado con divina indiferencia. Otros disfrutarían cumpliendo su función, acrecentando sus enraizadas ansias de poder y dominación, pero Caronte, está por encima de todo ello, sabido de la naturaleza profunda de hombre, conduce sus almas con coraje, acompañado por una sabia imperturbabilidad, ajeno a las desgracias de las que es cómplice, pues conoce la respuesta a tanta absurdidad, la necesidad.
Esto pretendía expresar anteriormente, No pude entablar una conversación con Caronte, pero creo que pude entenderle, pese a su esencia impenetrable. Y si pude hacer algo parecido con él, aunque tan sólo fuese en mi libre imaginación, superé con mayor ahínco mi timidez y recogimiento ante el resto de compañeros de pena, aquellos muertos que junto a mí vagaban por la brumosa oscuridad. Fui uno más entre ellos, quizá no pudiendo disfrutar de festines en su compañía, y ajenos a los placeres del juego o el amor debido a nuestra etérea existencia como podridos fiambres andantes, pero disfrutando, dentro de lo posible, de mis nuevas amistades, y enemistades, en mi nueva casa.
Juntos despreciábamos, no en ocasiones sin cierto temor a ser escuchados, a los obscenos dioses que con nuestros espíritus alimentaban su ocio, así como a aquellos indeseables que bajaron sus pantalones ante la presencia de estas divinidades para obtener su gracia y poder descansar eternamente en los campos elíseos, rodeados de lujos y facilidades, pero nos enorgullecíamos a la par de nuestra difícil existencia(o no existencia) entre horrendas dificultades, pues nos convertía en hombres dignos de respeto y henchidos de dignidad.
No es tan horrible, decía, encontrarse sosegado si uno acepta su lugar, aquello que es, y que no puede no ser. Quizá me fue sencillo encontrar la calma cuando pude rodearme de incuestionables amigos en los que apoyar mi existencia, pero aquello sólo fue un pequeño elemento más. Lo sabio, lo indubitable, es ser consciente de que hay cosas que son, y no nos es legítimo alterarlas, pues nos superan. Debemos, y espero que no se me malinterprete, postrarnos ante la fatalidad, y aceptando su incontestable peso sobre nosotros, podremos entonces alzarnos con la mayor majestuosidad imaginable en el reino de la posibilidad.

jueves, 14 de enero de 2010

Hilvanemos nuestro futuro con libertad, tal ambiguo concepto nos pertenece.

Y de pronto, tan abruptamente que casi sintió un estremecimiento recorriendo su espalda, descubrió su verdadero destino, aquello para lo que realmente estaba preparado, y a lo que no podría desatender, pues, las fuerzas sobrenaturales que acaso gobiernan los engranajes del mundo así lo dispusieron. Se dieron las circustancias, la suma de azares y cambios en la dirección del viento oportunos, o inoportunos, según sean los ojos que vislumbren tal esbozo, para que su cuerpo abriese un nuevo ciclo en su funcionamiento, constituido a partir del proceso histórico que el pasado, ya tan sólo viejos sedimentos adosados en los más turbios pliegues de su conciencia, había venido formulando. De este modo, el joven de adjetivación difícil, a cuya presencia resbalan los epítetos debido al temor de estas frías manos a errar en su definición, consideró que, tras haber respirado lo que respiró, tras haber palpado lo que palpó y tras haber soñado lo que no pudo jamás respirar y palpar, ya sólo podía entenderse en la completud de la existencia ajena, en el caso de que exista algo ajeno a nuestra mirada ególatra, de este nuevo modo que hasta ahora, nunca había sopesado. Ese era su camino, la vía sinuosa y movediza sobre la que sólo una buena construcción, producto de la técnica humana, sea esta física o metafísica, podría mantener el endeble y miserable cuerpo de la humanidad. El aroma fresco de la sal y el agua, el alzamiento del rostro ante la inmensidad azul que confunde lo etéreo con lo acuoso. ¡Sí! El mar era su destino, el vagar errante por los océanos, burlando a la muerte con picardía y desdén, como sólo un ignorante temerario o un anciano moribundo pueden hacerlo. Así alcanzaría la felicidad, ya que la observación del vacío y solitario mar durante largas horas de pasividad no respondería con el simple y tedioso silencio, sino que en él vería ahora reflejados su nuevo rostro y sus nuevos ropajes. Ahora comprendería su nombre y con arrogancía afirmaría sus epítetos correspondientes. Inserto en un relato, en una historia con sentido, asumiría su nuevo rol, y soportaría la vida amando la grandeza de sus penas y sus horrores, pues son sólo de su propiedad, el mar les da ahora su significado, y la soledad, por fin, obtiene su simetría en el cuadro.

No habrá negación de la materialidad, sólo lucha constante por la convicción y goce infinito en la satisfacción hedonista de cada mísero placer cuyo alarido considere inmoral no escuchar. Continuo viaje en el que la compañía es bien recibida, pero siempre con distanciamiento y reserva. No mató la curiosidad al gato, fue la confianza.
Será hombre nuevo, rehecho, alegre y vivaz, que no renuncia a sus miserias, que ansía conocer lo desconocido, engrandecer su espíritu con sus actos, fabricar sonrisas en fantásticas sirenas ataviadas con una límpida desnudez, y reír y cantar la canciones que cada tierra proponga, así como escuchar y aprender de sus mitologías y sabias historias.
Su tristeza será compañera de camarote, indipensable, instigadora, único acicate de la divagación y la ensoñación romántica que guiará sus pasos al trémulo universo de la navegación, pues sin ella, jamás existirá una Venus a la que cortejar, nunca un Moby Dick que capturar, en absoluto una Atlántida que descubrir.
No cabrán las quejas y las tribulaciones, cuando la sal escueza y el frío cale hasta los huesos, cuando la sangre sea ineludible y el agrio dolor físico acompañe al espiritual, nunca, a excepción de maldiciones y exabruptos catárticos, una sola expresión de dolor dibujarán sus labios, ni por asomo, se considerará el arrepentimiento. El empeño y la energía indomable del valor auto-impuesto mantendrán la compostura.
Será, por último, irremisiblemente, un viaje sin retorno, pues, largo tiempo transcurrió desde que perdió cualquier hogar al que poder regresar.


Por el momento sólo cabe esperar, pues el miedo aún es férreo, los lazos, poderosos, y la preparación, por no mentar el equipaje, ridiculamente escasa. Pero dadle tiempo, pues, sus sueños de redención y sentido concluirán, únicamente, en realidades abarcables...¡O en muerte!

martes, 29 de diciembre de 2009

Margot Tenembaum








La indescriptible e incomunicable magia que los personajes fracasados irradian en mi espíritu, eso es lo que veo en cada erótica y bellísima fotografía. El vivaz optimismo que en las profundidades del pesimismo y la desdicha brota, intrínseco al mismo y, por tanto, inextirpable. Lo que cada estudiadísimo fotograma de Wes Anderson trasmite. Espectacular, maravilloso, pequeño y excéntrico. El cine, su cine, ella, la vida.

Melancolía, de Munch.



"Pero la mayoría de las veces rehusamos reconocer esta verdad, semejante a una medicina amarga, de que el dolor es esencial a la vida y no nos invade desde fuera, sino que cada uno lleva en su interior el manantial inagotable de él. Buscamos siempre una causa externa, un pretexto, por decirlo así, de dolor, que sin embargo, no se separa nunca de nosotros; como el hombre libre que se crea un ídolo para tener un amo. Queremos, de deseo en deseo, y aunque ninguna realización, por mucho que prometa, puede satisfacernos, y no veamos en seguida en ella más que un error humillante, nos empeñamos, sin embargo, en no comprender que estamos haciendo el trabajo de las Danaides, y corremos sin cesar hacia nuevos deseos.

(…)

Esto continúa así hasta el infinito, o bien(lo que es más raro y supone ya cierta fuerza de carácter) hasta que encontramos un deseo que no podemos satisfacer ni abandonar; poseemos entonces lo que buscábamos, a saber, una cosa a la que podemos acusar en todo momento de ser la fuente de nuestros dolores, en vez de acusar a nuestro propio ser; esta cosa nos malquista con la suerte, pero nos reconcilia con la vida, porque aleja de nuevo de nuestro espíritu la creencia de que el dolor es parte integrante de la existencia y de que toda satisfacción es imposible. El resultado definitivo de esta metamorfosis es una disposición ligeramente melancólica. El hombre lleva entonces en sí un grande y único dolor que lo hace olvidar todas las alegrías y todas las aflicciones menores. Esto constituye una actitud más digna que el fenómeno habitual de una carrera incesante en persecución de fantasmas, que varían constantemente."

Schopenhauer. El mundo como Voluntad y Representación

viernes, 18 de diciembre de 2009

Nuestra época



¿Podemos burlarnos de todo? Por nuestra salud, mejor que así sea.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Periodismo rabioso

Ayer, día 13, se celebraron diversos referendos no vinculantes a modo de sondeo público en determinadas localidades catalanas en las que existe una poderosa fuerza política independetista. Por supuesto, la pregunta que vasculó la dirección del pulgar del ciudadano versaba sobre la autonomía nacionalsita de Cataluña. Desde que surgió el problema del Estatut, el PP ha sido siempre enemigo mordaz de todo lo referente al catalanismo, luchando contra los "abusos" de una corriente política tan válida como las demás. Por supuesto, esta estúpida guerra de frentes ha conseguido avivar el debate independentista en la región catalana y la situación general de crispación y desarraigo, el aumento de, como titula el editorial de El País, la desafección catalana.

Es lógico que el nacionalismo español y las visiones unionistas teman el independentismo por las consecuencias que acarrea, por la demagogia histórica y cultural que puede conllevar y sobretodo, por los métodos políticos que en su defensa se han podido llevar a cabo, pues aunque dudo mucho que las cosas lleguen a los límites que ciertos medios de comunciación marcadamente conservadores pretenden presentar, tampoco puedo negar que muchas de las políticas catalanas tienen un cierto componente diferenciador que busca la concienciación de la identidad catalana como una cultura ajena a España que merece una autonomía gubernamental(Hablo de la educación y la pérdida de horas lectivas de la lengua castellana, de los casos de multa a los comercios que rotularon sus carteles sólo en castellano, la contratación de traductores para tratar con diplomáticos sudamericanos que entienden perfectamente el castellano, la nueva normativa de cine que obliga a las distribuidoras ofrecer un alto porcentaje de películas dobladas al catalán sin atender a las repercusiones económicas que ello puede tener en las empresas, etc). Sin embargo, la actitud de la derecha política es desmesurada, el Estatut fue recurrido al constitucional por el PP en noventa y pico artículos, siendo muchos de ellos un calco de artículos de otros estatutos autonómicos a los que el PP no puso pega alguna. La decisión de los 12 periódicos de firmar un editorial conjunto en defensa del Estatut(con el que el constitucional lleva largo tiempo trabajando sin concluir en una resolución final) fue duramente criticado en los medios conservadores, tildando el acto de asesinato a la libertad de prensa, como si, obviando las posibles influencias políticas basadas en intereses privados, la decisión de unir diferentes medios en una única opinión que los represente fuese un acto coaccionado o resultase malvado en sí. Si a esto le sumamos la incultura general que provoca el insulto y desprecio a los catalanes por el mismo hecho de serlo, como si catalán significase independetista del mismo modo que algunos indeseables confunden vasco con etarra, el asunto de los boicots y demás parafernalia agresiva y destructora, es extremadamente normal que el catalanismo antiespañol crezca con rapidez. Esto se transforma en un inevitable circulo vicioso, en el que el independentista asocia al español con los toros y la falange y el españolista asocia al catalán con la quema de contenedores y la tacañería egoísta. Se suceden en un huracán de vilipendio y odio mutuo los insultos y las agresiones verbales cuya única consecuencia es la cada vez mayor escisión entre la identidad catalana y la española. Freud y su teoría del narcisismo de las pequeñas diferencias tiene mucho que decir al respecto.

Esta vorágine de enfrentamiento se ve bien reflejada en la sociedad catalana, harta del injusto y demagógico San Benito que la derecha española le ha impuesto. De ahí a que exista una mayoría independentista, hay una buena diferencia, ejemplo práctico han sido los mismo referendos, en los que inmigrantes y mayores de 16 años podían participar, y en el que aunque la votación ha sido mayoritariamente pro-independentista, apenas ha acudido a posicionarse un 30% de los censados. ¿Qué significa esto? Estas circustancias deben advertir que existe una poderosa fuerza independentista en Cataluña, pero que sin embargo esta no merece ser la única fuerza representante del pueblo catalán en las decisiones políticas, pues existe una gran cantidad de catalanes reacios al independentismo, o simplemente, indiferentes.

Lo que quizá tampoco sea conveniente es actuar como lo hace El Mundo, que en un interesante alarde de mal periodismo, decide no sólo atacar el movimiento popular independentista y por supuesto al PSOE en su editorial y en sus apartados de opinión(como han hecho los periódicos conservadores y españolistas en todo su democrático derecho) sino que también ha dejado bien claro en los titulares de sus noticias que estas consultas populares no son más que una "mascarada" y una "pantomima". La elección de la noticia, o simplemente, la preferencia por la neutralidad, ya implica un poscionamiento ideológico, pero lo que ha hecho EL Mundo es simplemente gritar con agresividad su opinión en cada línea de sus noticias, siguiendo el estilo que a veces predomina en medios sensacionalistas como Público, Libertad Digital o Rebelión, cayendo en el victimismo y en la defensa acrítica de opiniones que pueden ser defendidas de un modo más tolerante o apacible.

Sin duda, yo, opuesto a cualquier tipo de nacionalismo patriótico y excluyente que busque realzar sus propiedades culturales en un mundo globalizado y plural, aunque defensor del mimo y cuidado de la lengua y la cultura propia, acepto la situación catalana, considero legítimo el movimiento independentista(aunque no algunos de sus métodos),que no comparto, y en cierta medida, me alegro por la realización de estos referendos que han acercado la política al pueblo y la sociedad real. No opina del mismo modo El Mundo, que sabido del carácter no legal e inconstitucional de estas consultas, reclama por parte del gobierno represión y censura. Abusa de una constitución afín a su ideario moral general, a la que no tomará en cuenta cuando contradiga sus opiones, y ante todo, confunde el papel, en este caso particular, que debe tomar un gobierno democrático, dando pie a la participación responsable de la ciudadanía, y jamás oprimiendo actos no violentos de lucha política por parte de la misma, pese a que pueda estar equivocada, siendo en cuestiones de este género, sólo el hombre, cada hombre y mujer, medida del error o del acierto.

Demuestra El Mundo, junto a una buena porción de la derecha política a la que representa generalmente, el terrible miedo a la soberanía catalana. Si se quiere criticar el independentismo, existen otras vías aparte de la basada en el ladrido rabioso, síntoma del pavor y del complejo.